Las feministas radicales ven la Ley Transgénero como la mayor amenaza para las mujeres
Peter Vasterman llama la atención sobre el reportaje de NRC de Menno Sedee, en el que feministas crítico-género —tachadas de "radicales" por el bando favorable a la Ley Transgénero— explican por qué la autoidentificación socava los espacios de mujeres conquistados con esfuerzo.
La línea de fractura que ya no puede ocultarse
El 11 de septiembre de 2022, NRC Handelsblad publicó un reportaje de Menno Sedee sobre el grupo de feministas que se opone a la reforma prevista de la Ley Transgénero. Vasterman recogió la pieza porque, por primera vez en la prensa de calidad neerlandesa, daba la palabra a un grupo que llevaba años empujado al margen: mujeres que no quieren aceptar la eliminación jurídica de la línea del sexo. El gabinete Rutte IV quiere modificar la ley de modo que desaparezcan la vía judicial y la declaración pericial. Una firma en el ayuntamiento bastaría entonces para cambiar oficialmente de sexo. "Con una reforma de la ley resulta más fácil cambiar oficialmente de sexo", resumen Sedee y Vasterman la esencia.
"La mayor amenaza para las mujeres"
Las feministas que hablan en el artículo de NRC no son figuras menores. Son juristas, exdirectoras de casas de acogida, entrenadoras deportivas e historiadoras con posiciones consolidadas. Su análisis, tal como lo recoge NRC: "Las feministas crítico-género ven aquí la mayor amenaza para las mujeres." No es exageración retórica de cara a la galería, sino una tesis fundamentada. Si el sexo se reduce exclusivamente a autoidentificación, desaparece la categoría jurídica "mujer" como grupo protegido. Cuotas, estadísticas, investigación sanitaria, acogida para mujeres maltratadas, deporte femenino, prisiones de mujeres, políticas dirigidas a colectivos — todo lo que la segunda ola feminista conquistó en ochenta años se apoya en una categoría delimitada y medible. Abra esa categoría a la autodeclaración y la base se hunde.
Una lucha de derechos sobre otra
El artículo de NRC también recoge la contravoz: la modificación se hace "para indignación del movimiento transgénero". No porque las organizaciones trans estén en contra de la simplificación —al contrario, la quieren—, sino porque tachan cualquier pregunta sobre derechos en conflicto como transfobia. Vasterman apunta que ese es exactamente el mecanismo que en otros países occidentales ha llevado a pleitos, cierre de clínicas y desastres políticos: un marco de derechos que se presenta como pura ampliación de la libertad, mientras en la práctica recorta los derechos de otro grupo —las mujeres biológicas. El artículo de NRC formula esa colisión por primera vez con nitidez en un medio neerlandés establecido.
Qué hace en concreto la reforma
La actual Ley Transgénero (desde 2014) exige una declaración pericial de un psicólogo o un médico. La reforma la suprime. Vasterman señala en sus otros análisis que la evaluación en la que se basa esa supresión es metodológicamente débil — tres psicólogos entrevistados, cuatro encuestas con muestras poco claras, una encuesta con nueve participantes. Se aconseja a la cámara que sobre esta base elimine un umbral que funciona precisamente en la práctica: casi tres cuartos de los funcionarios municipales perciben la declaración como barrera frente al fraude y los cambios precipitados. Lo que queda si cae la declaración: un sistema abierto de autoidentificación que, en todo país donde se ha introducido, ha generado en cinco años pleitos sobre espacios de mujeres.
Por qué esto no es "una pequeña ley"
La clase política neerlandesa ha presentado la reforma durante años como retoque técnico. Que solo en 2022 se haya vuelto polémica en público es, según Vasterman, un síntoma de la ceguera mediática neerlandesa sobre este expediente. En el Reino Unido, una propuesta comparable —la reforma de la Gender Recognition Act escocesa— provocó una crisis política, la dimisión de Nicola Sturgeon y, finalmente, el bloqueo por Westminster. En España siguió un vuelco en las estadísticas de delitos contra mujeres tras la entrada en vigor de la ley de autoidentificación. En Estados Unidos, las mujeres que señalan estas consecuencias —JK Rowling el ejemplo más conocido— son demonizadas por campañas. Esa misma dinámica amenaza con repetirse en los Países Bajos.
La etiqueta "radical"
Una de las señales más nítidas del artículo de NRC es el propio encuadre. Las mujeres que apuntan a consecuencias concretas para los espacios de mujeres no se describen como preocupadas, ni como críticas, ni como expertas en derecho. Reciben la etiqueta "radical" — una denominación durante años vinculada al terrorismo, al extremismo y a la irracionalidad. Vasterman señala que ese ha pasado a ser el marco mediático estándar para las mujeres que cuestionan la doctrina de la autoidentificación. El uso del lenguaje no es un detalle: determina si una lectora percibe la voz como legítima o como amenaza. Que NRC al menos dé voz a estas posturas es una ganancia. Que sigan llevando una etiqueta deslegitimadora es justamente contra lo que luchan las feministas.
Qué está en juego
La Ley Transgénero no es el único lugar por donde pasa esta línea de fractura, pero sí el más concreto. Quien hace coincidir el sexo con la autodeclaración acepta que un cuerpo biológicamente masculino pertenece a una casa de acogida para mujeres, a una prisión de mujeres, a un vestuario de mujeres o a una competición deportiva femenina en cuanto su portador lo marque. Que las feministas que advierten de esto utilicen la etiqueta "la mayor amenaza" no es histeria. Es un cálculo. Vasterman les da en su análisis el crédito que la mayoría de las redacciones les niega: ser tomadas en serio por lo que dicen en cuanto al fondo, no por cómo encajan en el marco.