Genderinfo.nl

La batalla entre sexo y género

Peter Vasterman disecciona la Ley Transgénero neerlandesa, las obras de Kathleen Stock, Debra Soh y Helen Joyce, y las consecuencias de la autoidentificación para las mujeres, la ciencia y la consulta.

Una ley que tacha la biología

La Ley Transgénero neerlandesa establece que el sexo consignado en el acta de nacimiento puede modificarse solo a partir de una declaración. Sin diagnóstico, sin recorrido corporal, sin tiempo de espera. Vasterman resume el núcleo con sequedad: "lo único que cuenta en la nueva ley es la 'identidad de género sentida'". Con ello, el concepto jurídico de sexo se desliga del biológico. Parece una adaptación administrativa, pero es un cambio de lo que es jurídicamente una mujer o un hombre — de un rasgo observable a un sentimiento interior.

Tres filósofas que desmontan la ideología

Vasterman trata tres libros: Material Girls de la filósofa Kathleen Stock, The End of Gender de la sexóloga Debra Soh y Trans de la periodista Helen Joyce. Ninguna de estas autoras niega que las personas trans merezcan derechos. Lo que cuestionan es la tesis de que una "identidad de género" interior convierta a alguien literalmente en mujer u hombre. Sus obras imponen de nuevo la distinción: el sexo es biológico, el género es un conjunto de expectativas sociales, y la autoidentificación no cambia ninguna de las dos cosas. Es precisamente esa distinción la que la ley neerlandesa borra.

La biología importa — también en el comportamiento

La tesis de que las diferencias de género son meramente construcción social no se sostiene ante lo que muestran la investigación animal y humana. La testosterona fetal influye en el comportamiento de juego, las preferencias profesionales y los intereses. Soh lo desglosa con detalle: la imagen de una "blank slate" sobre la que solo escribe la cultura no es correcta. Vasterman extrae la conclusión lógica: si el sexo genera diferencias biológicas en el comportamiento, la afirmación de que "ser mujer" es una etiqueta puramente social es una reivindicación ideológica, no científica.

Un nuevo grupo de chicas cambia el cuadro

Desde 2012 se inscriben cantidades enormes de adolescentes chicas en las clínicas de género sin ninguna historia de malestar de género en la infancia. Descubren en TikTok, Tumblr o en grupos de amigas que "en realidad serían chicos". Este perfil no encaja con el paciente clásico para el que se escribió el Dutch Protocol. Vasterman ve aquí dónde la hipótesis del contagio social de Lisa Littman toca tierra empíricamente. La tesis de que la disforia es siempre innata y siempre persistente quiebra con esta cohorte.

Espacios de mujeres y deporte bajo presión

En cuanto se redefine "mujer" como "toda persona que se sienta así", se evapora la base jurídica de las dotaciones específicas de mujeres. Vasterman enumera: "No solo se trata de baños separados, sino también de vestuarios, prisiones, casas de acogida y, por supuesto, del deporte." En cada uno de estos ámbitos existen consideraciones de seguridad o de equidad construidas expresamente sobre el sexo biológico. Joyce documenta en su libro cómo las políticas británica y estadounidense se han modificado en años sin debate público, con incidentes dañinos concretos como consecuencia.

Ciencia con la boca tapada

El tabú sobre la crítica asfixia la investigación. A Stock la apartó a empujones su universidad por presión de estudiantes y colegas. Los investigadores que cuestionan los bloqueadores de la pubertad, el contagio social o la comorbilidad reciben la etiqueta "transfobo". Vasterman describe que "muchos temas se han declarado tabú". La ironía: en prácticamente cualquier expediente médico con tanta incertidumbre, la ciencia exige más investigación. Aquí se criminaliza la propia pregunta.

Diagnóstico apoyado en autoinforme

Vasterman apunta a un problema diagnóstico fundamental: "No solo es problemático establecer la disforia de género, porque todo depende de lo que diga la propia persona." No hay test objetivo, no hay biomarcador, no hay escáner. El diagnóstico es lo que cuenta el paciente — preferiblemente en un relato que case con los criterios existentes. En adultos puede ser una ponderación aceptable. En chicas de trece años, a menudo con autismo, trastorno alimentario o depresión, abre la puerta a intervenciones irreversibles sobre la base de un autoinforme.

Detransicionadores como punto ciego

Un grupo creciente de expacientes —sobre todo mujeres jóvenes que en la adolescencia recibieron testosterona y mastectomía— habla en público de arrepentimiento y de daños físicos permanentes. Las personas trans activistas reaccionan con negación o minimización. Vasterman llama a esto un efecto asfixiante "que no solo causa daño a la posición social de las mujeres, sino que también tiene efectos asfixiantes sobre la ciencia". Quien empuja a un lado estas voces excluye precisamente a la cohorte con más que decir sobre los resultados del tratamiento.

Qué está en juego

Vasterman elabora una síntesis: la batalla no va de si las personas trans existen o merecen derechos. Existen y los merecen. La batalla va de si una etiqueta sentida sobrescribe la biología real de un cuerpo — jurídica, médica, deportiva, lingüísticamente. Los tres libros que comenta lo niegan, sobre fundamentos científicos y filosóficos sólidos. La ley neerlandesa lo afirma, sin que el debate se haya llevado nunca con decoro. La diferencia entre esas dos posiciones estructurará en los próximos años cualquier debate político sobre vestuario, clínica, deporte y consulta.

Fuente
Basado en "De strijd tussen sekse en gender" de Peter Vasterman, 14 de septiembre de 2021. Original: vasterman.blogspot.com